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¿Por qué nos duele tanto una ruptura amorosa?

7 meses ago · · 0 comments

¿Por qué nos duele tanto una ruptura amorosa?

(NOTA AL EDITOR: De ahora en adelante, marcaré algunas partes en azul lo que quiere decir que son mis sugerencias para colocar links en palabras o conceptos clave. Es a tu discreción)

La idea que da origen al artículo de esta semana había estado revoloteando en mi cabeza durante los últimos días pero siempre esquiva, siempre evitando aterrizar en algo sólido. Finalmente hace unos momentos cobró forma por medio de una frase: la nostalgia por el pasado.

Muchos de ustedes saben que soy un psicoterapeuta y autor enfocado primordialmente en la cuestión del amor romántico y –más específicamente-, en los procesos de superación de la ruptura amorosa. Mi experiencia profesional se centra en este campo y dentro de él son muy constantes los encuentros que tengo con los sentimientos nostálgicos.

Cuando una persona acude a sesiones de terapia para intentar superar su pérdida afectiva, lo hace esperanzada en una sola cosa: que la ayuden a dejar de sentir ese dolor que la abruma. Y esta se vuelve (al menos al principio), la tarea principal del terapeuta.

Sin embargo muchas veces aparece una paradoja con lo anterior. Si bien la persona va a terapia por una razón en particular (su pérdida amorosa), de repente ocurre que se percata de que no está ahí por ese motivo. Con el paso de las sesiones la persona puede descubrir que el dolor que siente no es tanto por la pérdida de su pareja como por la posibilidad de perder sus recuerdos. Llora, gime, padece y siente dolor por sus recuerdos. La sensación horrible que siente ahora proviene de su nostalgia.

La nostalgia por los recuerdos

La nostalgia es hermosa y devastadora al mismo tiempo, ahí reside su brutalidad.

El término nostalgia está formado por las palabras griegas nostos (retorno a casa) y algos (dolor). Por tanto su significado es “dolor por la vuelta a casa”. Su simbología se convierte en literalidad cuando invade el corazón y la mente de la persona: realmente se llora por el alegórico regreso a casa. Y esa vuelta figurada tiene que –forzosamente-, incluir el cúmulo de remembranzas bellas y agradables que se formaron en esos momentos.

Esto lo saben perfectamente los vendedores y las grandes compañías de publicidad que explotan el hecho nostálgico que despierta el usar un eslogan como “Con el aroma clásico de la abuela” o “Tan rico que parece hecho en casa”. Detonan nuestra nostalgia. Nos revientan emocionalmente porque inconscientemente sentimos dolor al recordar y como no queremos que eso ocurra compramos el producto.

Cuando termina una relación amorosa ocurre un proceso similar

Una de las preguntas que suelo hacer a mis pacientes al principio es: ¿qué es lo que extrañas de esa persona por la que sufres? Y casi siempre me dan la misma clase de respuestas: los momentos juntos, el principio de la relación, la familia que éramos, etc. Es decir, extrañan los recuerdos que se forjaron junto a esa persona. Muy rara vez me he encontrado con alguien que me diga: “¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Lo extraño a él/ella! A su sonrisa mágica, su aroma único, su mirada especial. Extraño a esa persona”.

Y lo anterior ocurre porque cuando se termina el vínculo con esa persona se termina la generación de recuerdos. Esta historia no poseerá más capítulos que vayan conformando nexos nuevos que nos mantengan en un estado placentero e incluso feliz. Como esto aterra, la persona –que se niega a aceptar lo que ocurre-, se apega a la idea de lo que tuvo antes como una especie de salvavidas emocional, algo que la rescate del dolor por enfrentar el ahora de su situación. Se aferra a los recuerdos.

Esto es absolutamente normal y necesario, no creas que estoy diciendo que el efecto nostálgico no es algo positivo (durante muchos años se creyó lo contrario, que era una emoción negativa); y lo es porque gracias a él podemos sobrevivir emocionalmente, mantener el equilibrio interno, recordar y aprender. Por eso la nostalgia es un elemento exclusivamente humano.

Por ejemplo hay un psicólogo social inglés, Timothy Wildschut, que se ha enfocado en la sensación de nostalgia como un medio para controlar el deseo desmedido y el sufrimiento por la falta de dinero,  dice que la nostalgia sirve en muchas ocasiones para aliviar el estrés, mejorar la autoestima y desarrollar un amor propio sano. Es decir, la nostalgia nos ayuda a crear felicidad y optimismo y esto lo logra gracias a que puede llegar a crear falsos recuerdos placenteros.

Es como si a través de ella pudiéramos editar –por decirlo de alguna forma-, nuestros recuerdos para que estos sean más bellos de lo que en realidad fueron en su momento. Esto ayuda mucho a emocionarnos y encontrar sentido en la vida.

Pero, ¿qué pasa cuando la nostalgia por lo perdido, en efecto, se vuelve algo que nos puede mantener en sufrimiento permanente? ¿Qué es lo que ocurre cuando esta sensación nos acerca peligrosamente a la depresión?

La filosofía y la nostalgia

Si bien la nostalgia es un término usado comúnmente en la psicología, es necesario saber que su origen está en la medicina (al igual que el de la psicología). Como tal, fue acuñado por Johannes Hofer en 1668 en la Universidad de Basilea para intentar resumir los extraños síntomas que presentaban los soldados que peleaban lejos de casa y que les ocasionaba un sufrimiento permanente (lo que actualmente se conoce como Trastorno de Estrés Postraumático).

En este tenor, la concepción de nostalgia era clara: un padecimiento con síntomas específicos.

Pero como –y pese a todos los maravillosos intentos-, no se alcanzaba aún a explicar por qué la nostalgia nos golpea tanto tras una ruptura amorosa en nuestra propia identidad, hubo que pasar mucho tiempo para que hubiera una propuesta que intentara explicar ello.

En 2005, el profesor de la Universidad Murdoch en Australia, Glenn Albrecht, propuso un nuevo término denominado solastalgia, que en términos generales es aquella sensación que aparece por algo que hay u ocurre en el presente de las personas y que expresa –pero de manera retorcida y por tanto dolorosa- sus recuerdos.

Por ejemplo, si una persona recuerda nostálgicamente las cosas bellas de su relación terminada puede sentirse mal al no tenerlas ya pero usar ese recuerdo como una manera de honrar su propia vida y su pasado para seguir adelante dignamente. Sin embargo, en el caso de la solastalgia el mecanismo sería algo así como lo que la persona tiene en este momento en su vida no solamente no es apreciado, sino que es visto como una mala copia de lo que tuvo antes.

Esto ocurre con frecuencia en el caso de las personas que empiezan relaciones inmediatas después de sus rupturas. De repente se encuentran comparando su actual relación con la anterior y como la de ahora es una copia retorcida, lo más probable es que esa conciencia los mande directamente al abismo de la nostalgia perversa o solastalgia como dice Albercht.

Hace no mucho tiempo un paciente que sufría indeciblemente por su ex pareja me dio una muestra de esta solastalgia cuando en una de las sesiones le pregunté si no se encontraba cómodo en el sofá del consultorio, ya que lo notaba inquieto. Entonces él respondió: “No, no es eso. El sofá es muy cómodo solamente que me recuerda el viejo sillón en el que ella y yo nos sentábamos a ver televisión”. Una visión retorcida del ahora es igual al sufrimiento por el anhelado retorno a casa: el pasado.

Es casi de conocimiento popular que gran parte de las depresiones –no todas, desde luego-, se refieren a un desenfoque en el presente y a una desmesurada atención en el pasado. Esto es particularmente cierto en las cuestiones de duelo amoroso. Tal vez cuando empieces a aceptar que este simbólico regreso a casa es un viaje de ida y vuelta y no un destino permanente, es que puedas convertir la nostalgia en un motor para el presente y el futuro. Hasta la próxima.

¿Por qué no puedo dejar a mi ex?

7 meses ago · · 0 comments

¿Por qué no puedo dejar a mi ex?

Mucho de lo que se ha escrito e investigado en torno a la experiencia del duelo amoroso, es decir, a la experiencia posterior a una ruptura de pareja, tiene que ver específicamente con la forma en que podemos superar el no tener más a esa persona en nuestra vida. Probablemente esta sea la parte más terrible de todas las que se enfrentan cuando una relación llega a su fin.

También es posible que el sufrimiento se alargue por un hecho sencillo pero demoledor: la incapacidad de dejar ir al ex. Todos hemos conocido a personas que parecen estar sumergidas en una espiral de conductas que les llevan a tratar de regresar una y otra vez con su antigua pareja, pese a que claramente en muchas ocasiones esto no es lo más benéfico para ellas.

La pregunta que aparece entonces es ¿por qué se da esta, casi pareciera, necedad por aferrarse a una persona que ya no está con uno? ¿Acaso el amor es tan grande que impide tomar una decisión personal sana? O ¿hay algo más en juego?

Particularmente si eres un romántico a ultranza, quizás este artículo te deje un mal sabor de boca, puede ser que hasta te enojes y no compartas mi opinión acerca de las causas por las que alguien no deja ir a su ex pareja, pero te aseguro que si reflexionas un poco más a profundidad es posible que puedas hallar algo de lógica en estas líneas.

Las tres razones

Para comenzar te diré que soy un pleno convencido que una persona que no deja ir a su ex está muy lejos de hacerlo por amor. Creo que hay causas mucho más escondidas que se ponen en juego en esta conducta. A lo largo del trabajo con gente que está superando su pérdida romántica y apenas comienza a vivir su duelo amoroso, he podido percibir que de todas las razones que impiden que superen su relación terminada, hay tres de ellas que se repiten de forma constante. Estas razones son:

  1. Ego: Seamos honestos y aceptemos que a nadie le gusta perder. Particularmente en cuestiones de amor romántico esta idea –la de que esta vez hemos perdido-, es un dardo disparado al corazón de la persona. La búsqueda del ex por ego herido tiene que ver con el sentido de pertenencia que otorgamos a la pareja.

Desde que somos pequeños solemos mantener una visión con respecto a personas consideradas importantes que gira en torno a la creencia de posesión: “mi mamá”, “mi maestra”, “mi novia/o”.  Esta idea de posesión es natural y adecuada para crear un sentido de aceptación social para el niño, sin embargo cuando transcurre el tiempo y el pequeño crece sin ser corregido en el entendido de que los demás no son suyos sino que son entes individuales y por tanto, independientes con respecto a él en sus tomas de decisiones, conductas y sentimientos, no hay una separación entre su propio yo y el ajeno.

Por otro lado, es importante aclarar que esta vez estoy hablándote del ego desde un punto de vista coloquial y no psicológico. Lo que quiere decir que hago referencia a él como un exceso en la autoestima. La idea subyacente para no dejar ir al ex por ego es que estamos convencidos de ser tan perfectos que no hay manera alguna de que esa persona deje de estar con nosotros. Esto tiene que ver directamente con la definición de ególatra, que es aquél que siente un excesivo amor por sí mismo.

  • Miedo a la soledad: La segunda causa que he visto en estos casos es la de sentir un temor incontrolable ante la perspectiva de quedarse en soledad. Cuando esto ocurre, la persona que siente ese miedo busca la manera de regresar a lo conocido, es decir, mantener la zona de comodidad que le prodigaba estar con su ex pareja para sentirse segura.

La trampa aquí es que casi nunca ocurre que esa “zona cómoda” sea algo positivo para la persona, aunque esta asegure que así es. Por ponerte un ejemplo, aquella persona que no deja ir a su ex porque él o ella le solucionan la vida de manera económica o en cuidados y se aferra a ello, pese a que esa persona pudiera llegar a ser nociva (violenta, infiel, celosa, etc.).

El miedo a la soledad tras una separación proviene de nuestro ser neurótico. La mayoría de las personas confunden neurosis con enojo (“¡Ay, no seas neurótico!”, nos dicen), pero esto es equivocado. Neurosis –de acuerdo a Karen Horney-, es básicamente la sensación de estar solos e indefensos ante un mundo hostil. En ese sentido todos hemos sentido alguna vez ese miedo, pero en el caso de la persona que no deja ir a su ex este temor es aún mayor.

  • Apego confundido con amor: El asunto con el apego es muy interesante. En su libro No se obsesione con el amor, los psicoterapeutas Susan Forward y Craig Buck, mencionan una frase de uno de sus pacientes que –palabras más, palabras menos-, todos los profesionales de la salud mental y emocional hemos escuchado alguna vez: “¡Qué quiere decir con que no es el amor lo que me mueve! Si no es amor, ¿qué demonios es?”.

El apego nos sirve para sobrevivir cuando somos niños. Cuando somos adultos es fuente de muchos sufrimientos. La diferencia estriba en que cuando estamos en infancia necesitamos apegarnos a alguien que nos brinde protección porque somos absolutamente vulnerables. Sin embargo, las personas que crecen y llegan a la adultez creyendo que aún necesitan apegarse a alguien para poder vivir mejor su vida, se siguen viendo a sí mismos como niños pequeños e indefensos y olvidan que ahora son adultos que pueden –perfectamente-, hacerse cargo de ellos en las situaciones tanto fáciles como complicadas de su vida.

Esto genera una desconfianza en sus capacidades y la manera de solucionar (por el camino corto) ese dilema es apegándose a su pareja o ex pareja a quien consideran –de forma inconsciente-, su base de apego seguro. Aquí entra el mecanismo en donde ellos suelen decir que aún aman a esa persona, cuando en realidad lo que quieren expresar es que aún la necesitan. Eso es lo que llamo confundir apego con amor. Porque, para empezar, si una pareja realmente se ama, ¿cabe la posibilidad de separación?

Ahora y por último, cuando escribí líneas arriba que era un convencido de que las personas que no dejan ir a su ex creyendo que es por amor se equivocan, es porque creo que para darte auténticamente cuenta de que amas todavía a un ex, debes de tomar un tiempo lejos de él para que tus sentimientos tengan una perspectiva clara, cosa que no puede ocurrir si estás pendiente de él o ella todo el tiempo. Si después de un tiempo sin saber ni ver a tu ex (y estoy hablando de no menos de un año), aún sientes que es amor, probablemente lo sea.

Desde luego que a todos nos duelen las rupturas, sin embargo es necesario y sano admitir que estas forman parte natural de la vida en pareja. Desde que empezamos una relación con alguien debemos ser conscientes de que eventualmente puede terminar. No quiero decir con esto, desde luego, que entremos a las relaciones con la idea de que terminarán, sino que las disfrutemos al máximo en su brutal y bella experiencia, pero que aceptemos que de acuerdo a la lógica de la vida nada es para siempre y que si nos llega a ocurrir, honremos su vivencia pero sigamos adelante dignamente con nuestra vida. Hasta la próxima.

9 meses ago · · 0 comments

¿Cómo saber si eres codependiente?

¿Cómo saber si eres codependiente?

Durante bastante tiempo me he dedicado al trabajo psicoterapéutico con personas que han sufrido pérdidas amorosas, llámense estas divorcio, separación, rompimiento de noviazgo, etc. También, al mismo tiempo he trabajado con gente que padece de severas relaciones tóxicas o al menos, bastante disfuncionales, lo que quiere decir que están relacionadas con parejas que violentan, agreden, manipulan y/o destruyen su equilibrio emocional o, como le llamamos en psicología, su homeostasis.

Entonces y después de observar patrones repetidos de comportamiento, de escuchar –una y otra vez-, las mismas historias de sufrimiento y de notar idénticas dinámicas de relación, resulta bastante claro para mí que estas personas comparten algo más que el simple hecho de mantener una relación nociva o de sufrir mucho por una relación terminada. Estas personas comparten entre sí algo llamado codependencia.

¿Qué es la codependencia?

Siempre he creído que este padecimiento es el cáncer de los problemas emocionales de pareja. Casi todos los demás sentimientos y conductas que asaltan a una persona al sufrir de una relación poco sana o disfuncional (celos, humillaciones, violencia, pérdida de la autoestima, etc.), son derivados –directa o indirectamente-, de ser codependiente.

La codependencia es una condición mental y emocional, es decir psicológica, que aparece en alguien que recurrentemente muestra una preocupación excesiva –y por lo regular exagerada- por los demás, por ejemplo su pareja. La codependencia también es llamada apego afectivo, porque está formada por la creencia de que sin la persona a la que estoy apegado y que se hace cargo de mí o de quien me hago cargo, mi vida no tiene mucho sentido. Por tanto, la codependencia es una relación conflictiva y adictiva con la otra persona.

Digo que es conflictiva porque genera ideas y conductas equivocadas que chocan directamente con lo que una buena relación de pareja es y también con la estabilidad emocional de las personas involucradas. El asunto se complica porque al ser también adictiva, este tipo de relación causa que estas ideas y conductas erradas se mantengan sin importar el nivel de daño físico, mental y/o emocional que estamos padeciendo o generamos en el otro.

La adición en la codependencia tiene que ver con dos factores básicamente. En primer lugar está el asunto de que en una relación codependiente el pensamiento que prima es el de “salirse con la suya” por parte de cada uno de los integrantes. Y esto funciona en una dinámica de “Yo doy” y “yo obtengo”. Para que esto ocurra, es forzoso que en una relación codependiente haya dos tipos de codependiente.

Codependiente esclavizante y rescatador

Primero está el codependiente “esclavizante”, que es aquél al que todos relacionamos con codependencia: el que depende del otro, es decir el que esclaviza a su pareja. Pero también hay uno más que es el que no solemos considerar como codependiente, que es el “rescatador” o como me encanta llamarle, codependiente “ambulancia”. Aquél que se encarga de dejarse esclavizar por su pareja en aras de “salvarla”.

El segundo punto que tiene que ver con la adicción en la codependencia es que tanto el codependiente “esclavizante” como el “rescatador”, tienen dos formas específicas de obtener ganancia del otro (aunque esta ganancia no sea –en la codependencia- real). El primero despliega un mecanismo de dominancia sobre su pareja usando la manipulación y, más específicamente su parte nociva: el chantaje emocional. Es decir, esclaviza al otro por medio de “si no haces lo que deseo, vas a pagar las consecuencias”; pero no lo hace de manera directa, sino veladamente. Algo así como “pobre de mí, mira como sufro por tu culpa”.

En tanto que la pareja “ambulancia”, ejerce dicha dominancia sobre su pareja de forma más frontal que el “esclavizante”. Y esto lo lleva a cabo a través del control. Este tipo de codependiente intenta, por todos sus medios imponer su voluntad, sus puntos de vista, su manera de comportarse y sentir al otro. Y este control es directo, por lo regular en base a mecanismos como las restricciones emocionales, mentales y/o económicas. Más o menos como “¿por qué no haces lo que te digo? ¿no ves que es lo mejor para ti?”.

Como puedes ver, este –a grandes rasgos-, es el mecanismo codependiente en pareja, y si bien es cierto que la pareja en codependencia se mueve de “rescatador” a “esclavizante” y viceversa a lo largo de la relación, también es cierto que uno de los dos permea más tu personalidad. Sin embargo, quiero asimismo darte en este artículo las 7 características que te pueden decir si eres codependiente. Estas características como te dije al principio, son producto de las observaciones, estudios y trabajo con codependientes de los profesionales de la salud emocional y mental.

Las 7 características que presenta un codependiente

Desde luego, los factores que se presentan a continuación no son determinantes (usa tu asertividad) pero sí son influyentes en el asunto de la codependencia. Estas características son:

  1. Creciste en un hogar disfuncional (como todas las personas, pero el asunto en los que desarrollan codependencia está en la medida en que la disfuncionalidad transcurrió). Seguramente conviviste con padres adictos que peleaban o eran violentos –no necesariamente violencia física-, toda o la mayor parte del tiempo. Esta violencia en padres también se da cuando estos “se amaban y no tenían problemas”, pero detrás había conductas como ignorar al otro, alcoholismo o infidelidades.
  2. Por más que te esforzabas, no recibías reconocimiento por parte de tus padres. Por lo regular ellos estaban tan enfrascados en sus propias neurosis que lo último que hacían era ponerte atención.
  3. Esta es una de mis favoritas. Si fuiste una niña o niño extremadamente maduro para tu edad fue por necesidad, ya que tuviste que crecer rápido para encargarte de tus hermanos, tus padres e, incluso para poder sobrevivir. Esta “madurez” provocó que te saltaras las etapas sanas de tu desarrollo infantil o juvenil.
  4. Eres incapaz de poner límites, porque eso significaría decirle no a las personas, y como –según tú y tu codependencia-, eso implica que esas personas dejen de quererte, aceptarte o protegerte, prefieres bajar la cabeza y aceptar cosas que no deseas hacer, pensar o sentir.
  5. Otra de mis favoritas. Siempre las demás personas son más importantes que tú. Como viviste en un hogar disfuncional, nadie solía hacerte caso a menos de que fueras útil para los fines de alguien. De esta forma creciste con el condicionamiento de satisfacer las necesidades de los demás para intercambiarlo por cariño o aceptación.
  6. Sientes debilidad excesiva por los débiles, los oprimidos y los que sufren injusticias (o al menos lo que tú consideras injusticias). Tu pensamiento es casi considerarte un súper héroe (¿recuerdas a los “ambulancias”?).
  7. Finalmente y de manera paradójica, no soportas mostrarte vulnerable porque crees que esto es sinónimo de debilidad. Esto ocurre porque en tu familia de origen la expresión de tus sentimientos no era permitida y cuando se daba, era censurada o vista como un defecto.

Como puedes ver hay bastante contundencia en estas señales y estoy seguro de que en este momento estás cayendo en cuenta de que presentas varias de ellas –si no es que todas- . La buena noticia es que la codependencia se puede cambiar. Puedes dejar de ser codependiente si realmente te lo propones. Esto se logra a base de trabajo arduo con un profesional de la salud mental y particularmente del reconocimiento y entendimiento que puedas empezar tener al respecto. Ese es el fin de este breve artículo. Hasta la próxima.

Por Vicente Herrera-Gayosso

 

Propósito de año nuevo #127: ¿tomar terapia?

2 años ago · · 0 comments

Propósito de año nuevo #127: ¿tomar terapia?

Propósito de año nuevo #127: ¿tomar terapia?

Ilustración: Mark Conlan

Ilustración: Mark Conlan

Para la mayoría de las personas, enero viene cargado por antonomasia de un ánimo entusiasta por cumplir una kilométrica lista de ambiciosos propósitos de año nuevo. Esta lista a su vez está motivada usualmente por algo que nos alarmó en un inicio: la imagen de una barriga flácida en una fotografía, ver cómo nuestros colegas viajaban de lo lindo mientras uno sudaba la gota gorda para ahorrar dinero extra al final del mes, o una salud mermada que nos lleva a resolver que éste es EL AÑO definitivo para dejar de fumar, y así, vemos cómo el 2 de enero la Capilla de los Juramentos resulta insuficiente para albergar al centenar de personas que acuden a formalizar el compromiso consigo mismos.

 

Por desgracia, esta intensa oleada de energía decembrina fácilmente se desmorona con el transcurrir de las semanas y, con frecuencia, para el cuarto mes del año se quedan en el olvido las cosas prometidas o se piensan en ellas de forma constante sin hacer realmente algo al respecto, todo esto para terminar parados nuevamente el 31 de diciembre en un bucle de propósitos reciclados: aplicarse ahora sí para perder peso, ahora sí comer menos chatarra y más sano, ahora sí cumplir la promesa de ser un maestro zen, etc.

 

“Un hombre que ve el mundo a los 50 igual que a los 20, ha perdido 30 años de su vida”.  [Muhammad Ali]

Si bien el adquirir una membresía en un gimnasio está dentro del top 10 de metas a cumplir, el invertir en el bienestar psicológico no está considerado de una forma estructurada más que la del ya repasado “prometo no hacer corajes”. En este sentido, llama la atención que por lo menos la mitad de nuestros propósitos de año nuevo tengan que ver directamente con el componente psicológico (por ejemplo, un manejo inadecuado de la ansiedad deviene en antojo por los alimentos dulces y tiene como resultado nada más ni nada menos, que la propensión a subir de peso) y, paradójicamente, sea justo la salud psicológica la que queda relegada con frecuencia a un telón de fondo que uno no quiere ni tocar por el miedo de abrir una suerte de caja de Pandora.

 

 

Ilustración: Cinismo Ilustrado

Ilustración: Cinismo Ilustrado

Pero, ¿por qué nos da tanto repele el considerar la psicoterapia como un puente para lograr nuestros objetivos?

 

Para empezar, no es ninguna novedad que vivimos en una sociedad que todavía castiga con el látigo del desprecio a quien se muestra vulnerable o con incertidumbre de cómo manejar su vida, resultando en que la necesidad de recibir orientación psicológica esté ligada con el estigma sociocultural de que uno no puede hacerse cargo de sí mismo y por eso va con alguien que le diga qué hacer.

 

Derrumbando mito #1: la psicoterapia no consiste en ser sermoneado por todo lo que marcha mal en tu vida en boca de un inmaculado profesional que te dará un manual “arregla-vidas” para cumplirlo al pie de la letra. Al contrario, implica un compromiso activo de tu parte en donde te tocará hacer el 70% de la chamba y por tanto, la expectativa de cambio dependerá del nivel de compromiso que tengas para trabajar dentro y fuera del consultorio. ¿Te das cuenta de cómo el manejo de tu vida está contigo en todo momento?

 

Platicando con un amigo al respecto, él señalaba que una persona promedio ha ido por lo menos una vez con un médico por una gripe o cualquier otro malestar y tiene ya una clara expectativa sobre el servicio que obtendrá. Sin embargo, cuando se trata de un malestar que se presume “no orgánico” o “no tangible” la cosa se hace difusa porque, ¿cómo saber cuando mi problema es lo suficientemente malo o lo suficientemente grande como para pedir apoyo profesional?

 

Derrumbando mito # 2: No tienes que pasarla terrible ni estar al borde de la muerte para ir a terapia. Si bien nuestros familiares y amigos son una fuente de apoyo importante, es bueno hablar con alguien que tenga una perspectiva fuera de la caja y pueda ofrecernos su opinión profesional al respecto. Piénsalo, además de todo es mucho más sencillo ordenar nuestras ideas cuando no se está en medio de una crisis. Por ejemplo, yo he asistido por temporadas a terapia y llegó un punto en que dejé de verlo como un espacio en donde tenía que llevar religiosamente un problema en cada sesión para empezar a asimilarlo como un ejercicio de mantenimiento tal cual mi práctica de yoga: a través de diferentes vías me permiten construir día con día la tranquilidad emocional que quiero esté presente en mi vida. Y vamos, la terapia no es para siempre, tiene un tiempo de expiración.  

 

“Es algo pasajero”, “yo debería solucionarlo sin ayuda de nadie”, “si con dificultad le cuento a mis amigos lo que me pasa, menos lo haré con una persona desconocida”, “la terapia es para quien realmente la necesita, no para cosas pequeñas como la mía” son algunos de los argumentos más comunes que uno escucha de personas reticentes a considerar la terapia como una opción viable para sí mismas. Sentir que un problema no es tan severo o que se tiene la capacidad para afrontarlo por cuenta propia es grandioso, hay algunos baches en el camino que podemos sortear sin mayores complicaciones y otros que nos hacen dar vueltas como carrito chocón que se estampa reiteradamente con lo mismo, lo cual puede mirarse como un signo de que se necesita un abordaje diferente a lo cotidiano.

 

Entonces, ¿qué sí puedes esperar de la terapia?

  • Conversaciones guiadas por el objetivo de generar cambios
  • Mayor conocimiento de ti mismo
  • Formas alternativas de ver el problema y sus posibilidades de solución
  • Participación activa de tu parte
  • Confianza, aceptación y respeto por parte de tu terapeuta
  • Objetivos terapéuticos definidos de manera colaborativa con tu terapeuta para co-establecer un plan de intervención

 

Ahora que vas viendo que la terapia no es como la pintan, ¿qué cosas debes saber sobre tu potencial terapeuta además del costo por honorarios, ubicación y frecuencia de sesiones?

  • Formación y experiencia profesional:No es un interrogatorio minucioso sobre su CV, sino datos básicos que acrediten su ejercicio profesional: ¿en dónde se formó?, ¿se especializa en alguna área en particular?, ¿cuenta con estudios de posgrado?, ¿tiene experiencia tratando situaciones como la tuya?
  • ¿Bajo qué enfoque trabaja y cuál es su propuesta de intervención?Ojo, esta no es una pregunta ociosa en lo absoluto, pues dependiendo de su enfoque será la forma de intervenir tu motivo de consulta. Las vicisitudes de la vida se miran de forma muy distinta desde el Psicoanálisis, la Terapia Cognitivo Conductual, la Terapia Centrada en Soluciones, la Terapia Narrativa o la Terapia Corporal, por mencionar algunos.

 

Derrumbando Mito #3: Iniciar un proceso terapéutico no equivale a estar enfilado en un régimen nazi. Si no estás viendo los resultados que esperas en un plazo determinado, interrumpe el proceso: quizás te vendría bien cambiar de terapeuta o de enfoque clínico y eso sólo lo sabrás dándote la oportunidad de tomar el primer paso. ¿Quién sabe? Igual descubres que a ti no te va un análisis freudiano sino uno de terapia breve, o que tu estilo se acomoda más con un terapeuta que haga bromas de vez en cuando en lugar de uno que escuche con seriedad todo el tiempo.

 

Nota: Ten en cuenta que la relación entre tú y tu terapeuta es de vital importancia, tienes el derecho de sentirte cómodo con la persona que tendrás en frente durante un tiempo. No repares en expresar lo que piensas: los terapeutas estamos para apoyarte y entre más compartas tus inquietudes con nosotros, mejor.

 

Finalmente, a lo que apuntan estos y otros prejuicios es a un profundo desconocimiento sobre la terapia y la manera en cómo puede contribuir para aumentar tu bienestar en general, reforzar tu poder de decisión y el compromiso que tienes contigo.

Si pudieras mantener estas ideas en tu mente durante el futuro próximo, ¿qué efectos podría tener en tu vida?

No me resta más que invitarte a que des nuevos pasos hacia tu visión preferida de ti mismo y de lo que quieres para ti, pasos que te pueden dar el empujón que necesitas para reducir la ya gastada lista de año nuevo o para revalorarla y modificar unos cuantos propósitos sobre la marcha.

 

Silvia Reyes

Maestría en Terapia Familiar

NUESTRA CULTURA NARCISISTA

2 años ago · · 0 comments

NUESTRA CULTURA NARCISISTA

Actualmente vivimos en una cultura demasiado narcisista. Todo lo que vemos a nuestro alrededor es una muestra del exceso de individualismo entre los seres humanos, las redes sociales, los comerciales en televisión, “el boom” de las cirugías estéticas, al parecer todo gira alrededor de privilegiar la imagen en una especia de “dime como te ves y te diré quién eres”, el ser aceptado por la sociedad se ha convertido en una necesidad primordial, todo esto va formando una cultura narcisista.

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